Querido
amigo:
Aprovecho
de la ida a ésa de un amigo para sacarte del cuidado en que estarás por las
exageradas que allí deben correr con motivo de la batalla que tuvimos el 22 del
pasado en las alturas de Cuchimain, entre nuestras fuerzas y las de Cáceres.
A
consecuencia de que este General se adhirió al titulado Gobierno provisorio,
siempre por él desconocido, las fuerzas de Ayacucho suscribieron un acta negándole
su obediencia, puesto que dejaba de ser Jefe Supremo y reconocido.
No
podíamos tampoco reconocerlo como Jefe Político, porque la Constitución
invocada por el Gobierno a quien debía obedecer no reconoce esos cargos, creado
por la dictadura en fuerza de las circunstancias y en mérito de su omnímodo
poder. Solo nos quedaba para proceder honrosamente, uno de dos caminos: o
disolver las fuerzas, privando al país de ese elemento de defensa, con tanto
trabajo acumulado, o reservarlas para ponerlas a disposición del Gobierno que
se forme alguna vez y que sea fruto de la voluntad de los pueblos y no de
motines de cuartel o de la violación escandalosa de la misma Constitución que
se invoca para alcanzar un prestigio que nunca se obtendrá.
Nos
decidimos por lo último procediendo con un patriotismo levantado y que la pasión
política no comprende, pero al que se hará justicia cuando el tiempo pase y
haga volver el juicio a nuestros conciudadanos.
Informado
el General Cáceres de nuestra resolución, el que había huido del enemigo común
perdiendo casi íntegro el ejército del centro, dirigió sus fuerzas contra
nosotros, que no éramos aun amenaza para nadie, y aprovechándose de que era
hijo de este pueblo y tenia muchas relaciones, hizo introducir armas y
municiones a las haciendas y caseríos de los suburbios y decidió sorprendernos
en la mañana del 22 pasado. Nosotros solo tuvimos noticias de su aproximación
a las 8am, y mientras nos preparábamos y municionamos las tropas, se pasó una
hora. Desfilamos a las 10, pero no sabíamos por donde nos traerían el ataque;
mas al dejar el pueblo se sublevó éste con las armas que había recibido y nos
comenzó a hostilizar por retaguardia.
A
la 1pm. las guerrillas anunciaron la presencia del enemigo por el lado del
Carmen Alto en son de combate. Entonces pasamos del cerro de Santa Ana al de
Cuchimain, y allí tendimos nuestra línea.
No
bien había concluido esta operación, cuando se rompieron los fuegos muy
nutridos, tanto de artillería como de infantería hasta las 5.30pm, durante
tres horas tres cuartos.
Como
el General Cáceres hubiese traído armas sobrantes, armó al pueblo de Carmen
alto, y esta gente con las de las haciendas y la tropa que trajo, ascendía como
a 3000 hombres. Nosotros teníamos 1200 escasos, y sin embargo, sufríamos fuego
por vanguardia y fuego de la población por retaguardia; aquello era un
infierno; y en medio de todo, lo más raro es que después de vencedores estamos
prisioneros, debido a la generosidad del Coronel Panizo y su noble corazón.
Es
el caso que se pasaron a nosotros, ya en la tarde, la mayor parte de los
principales jefes y oficiales con tropa, las tropas con culatas arriba y los
jefes implorando nuestra generosidad y tratándonos de hermanos. Panizo, al fin
caballero, como lo es, no quiso inferirles el desaire de desarmar ni a los
jefes, ni a los oficiales, ni a la tropa, y esperábamos que llegase el General
Cáceres a rendirse, pues veíamos que también venía. Mientras tanto se fueron
organizando a retaguardia de dos compañías del Batallón Libres, que mandaba
en persona el intrépido Coronel Vargas, y también a retaguardia de la artillería,
todos pasados con sus armas. Sube el General Cáceres y se pone a cuestionar con
el coronel Panizo; los desleales pasados dan sorpresivamente el grito de ¡Viva
Cáceres! y todo se vuelve un espantoso laberinto.
El
coronel Vargas pudo mandar a hacer fuego, y habría castigado esa vileza; pero
habrían muerto inevitablemente los coroneles Panizo y Bonifaz, y aun el mismo
General Cáceres y sus demás jefes. Ante tan dura extremidad, y recordando que
la guerra aun no ha concluido y que quizá son necesarias esas vidas para la
salvación de la patria, el coronel Vargas prefirió entregarse como prisionero,
convencido de que las victorias entre hermanos no son verdaderos triunfos y que
era muy caro el precio de que él pudo obtener. Está, pues, preso por sus
nobles sentimientos, y dice que no se arrepiente de haber perdonado la vida a
los que se llaman sus vencedores.
Los
que hemos sido honrados soldados y hombres de honor, estamos, pues, en una prisión.
Nuestra culpa es no haber reconocido a un Gobierno que no lo fue jamás para los
mismos que creen delito hoy nuestro modo de juzgar; que juzgaron ayer lo mismo
que nosotros. Y se nos llama traidores, a los que solo hemos defendido la
bandera de la patria y caído defendiéndola, por los que la han traicionado dos
veces...
El
resultado de tantos escándalos es la ruina del país, pues el ejército del
centro y la magnífica división del Coronel Panizo casi no existe. Están
reducidos a 500 hombres cuando más, porque todas las fuerzas se han dispersado.
Así ha acabado este drama abominable, dejando una pagina de vergüenza en la
historia de nuestras desgracias.
(Fuente
Pascual Ahumada Moreno).